COMO COMUNICARNOS POSITIVAMENTE CON NUESTROS HIJOS

Cuando llega cierta edad, las estrategias que usábamos en el día a día con nuestros hijos pequeños de repente parecen dejar de funcionar. Nos encontramos delante de niños que empiezan a cuestionar, preguntar y, a veces, parece que busquen el límite de nuestra paciencia.

Digo PARECE porque es muy extraño que nuestros hijos realmente actúen de mala fe. No he conocido aún a ningún chaval que se despierte pensando: “mi objetivo para hoy es amargar a mi padre/madre. A ver… ¿qué podría hacer?”


Siempre digo que no hay recetas mágicas para educar a los hijos. Ni recetas, ni manuales, ni una sola manera correcta de afrontar este reto. Lo que sí que hay, sin embargo, son elementos que ayudan (allanan el camino) y otros que lo ponen más difícil.

De los elementos que ayudan, la buena comunicación es uno de los principales. Y digo BUENA porque de maneras de comunicar hay muchas. Comunicar no significa estar en todo momento hablando, ni con nuestros hijos ni con las personas que nos rodean (a veces, hablar está sobrevalorado, ¡un gesto vale más de mil palabras! Quien está triste, ¿prefiere un abrazo o una charla?)

Poniéndonos teóricos, resumo (muuuucho) una teoría clásica en psicología (la de Baumrind) sobre los estilos educativos. La resumo mucho porque ya se ha hablado largo y tendido sobre ella en muchos otros lugares. Para lo que nos atañe: nuestra comunicación como padres puede ajustarse más a uno o a otro.

Autoritario: se caracteriza por un alto control del hijo/a (sus conductas, sus intereses, sus amistades, sus opiniones…) y poca calidez emocional (escasas demostraciones de afecto, lejanía, comunicación con un contenido estrictamente conductual: castigos, sermones…).

Permisivo: mucha proximidad y mayor afectividad hacia el hijo/a, pero poco control. El niño o la niña tienen carta blanca para hacer lo que le plazca.

Democrático: los padres proporcionan normas y orientación, sin ser excesivamente dominantes. Se puede razonar y debatir, pero la última palabra la tienen los padres.

Si pudiésemos elegir, ¿cuál de ellos nos gustaría mostrar con nuestros hijos? …

Pero resulta que no es tan sencillo. Nosotros, como humanos que somos, no somos perfectos… Y si no somos perfectos, tampoco podemos actuar siempre como la madre o el padre perfecto, ni pedir a nuestros hijos que lo sean.
¿Cuáles son mis “reglas de oro”? (repito, no hay recetas, esto que escribo aquí son los principios en los que yo me apoyo y los que comparto cuando me preguntan).

1- “TODO TIENE SU MOMENTO”: el momento de ser rotundos y el momento de razonar. Si mi hijo está enfadado, dejo los razonamientos para más tarde. Se le da la instrucción o la orden necesaria y ya esta. O viceversa, si nosotros mismos estamos enfadados, no saldrá nada bueno de hablar en ese instante. HAGÁMOSLO EXPLÍCITO: “ahora no quiero hablar porque estoy muy enfadada y puede que diga cosas de las que me arrepienta. Después hablaremos”. Con este gesto, estamos dando un gran ejemplo de autocontrol y gestión de las emociones.


2- “NO HAY FÓRMULAS MÁGICAS”: con esto quiero decir que una estrategia que nos ha servido una vez, no tiene porque funcionar siempre. Los niños crecen, las circunstancias cambian y también nuestra manera de acercarnos a ellos tiene que ir evolucionando con el tiempo. Para muestra, un botón: una situación bastante común en la que nos solemos encontrar los padres. Cuando eran pequeñitos y nos contaban algún problema, con un beso y un “mañana se habrá solucionado” ya se quedaban tranquilos. Conforme se van haciendo mayores (y tienen relaciones con los iguales más complejas), no aceptan una respuesta tan estándar como válida.

3- Las rebeliones, las desobediencias o el simple pasotismo. Por mucho que queramos, no podremos abarcar o corregir todo. “¡ESCOGE TUS BATALLAS!” Decidamos qué es más importante para nosotros (haced una lista de 5 cosas CONCRETAS: no se vale decir “que sea más limpio”, es demasiado general e impreciso. ¿Me estoy refiriendo al niño/a, a su habitación, a la bolsa del fútbol o la piscina…? Digamos “lavarse las manos antes de comer”). En estas 5 cosas, insistimos, nos ponemos serios. En las otras… no significa que desistamos, sino que podemos ser más flexibles en función del día, de nuestro humor, de las circunstancias…

4- Y, por último, “TODOS NOS EQUIVOCAMOS”. Ya lo he dicho antes, e insisto. Nosotros no somos perfectos, y tampoco lo son (ni lo serán) nuestros hijos. Por lo tanto, si tenemos un momento de “debilidad” y no nos comunicamos con ellos de la mejor manera (somos críticos, o demasiado duros, o alzamos la voz cuando no toca…), podemos pedir perdón y razonarlo con ellos en un momento más tranquilo. De nuevo les estamos dando un ejemplo de autocontrol y gestión de las emociones. ¡ATENCIÓN! No se vale decir “siento haberte gritado, no te gritaría si no te comportases de esta manera”. Eso es una crítica disfrazada de perdón. Sería mucho mas empática una frase tipo “siento haberte gritado, yo quería que (… hicieses tal, te comportases cual…) y gritarte no era la mejor manera de conseguirlo”.

Acabo de hablar de empatía. Pero como de esto hay mucho de que hablar y se alargaría demasiado el post, ¡mejor os lo cuento en otro! ¡Espero vuestros comentarios!

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